En el último tercio del siglo XIX, en el contexto de la 3ª Guerra Carlista, Santander ofrecía una imagen de ciudad desprotegida ante los eventuales ataques procedentes del exterior, tanto por tierra como por mar. Su capacidad defensiva no había sido renovada desde la Guerra de la Independencia. Conservaba fortificaciones en mal estado, inservibles para el uso que determinó su construcción siglos atrás (castillos de San Felipe y San Martín). Con una insuficiente dotación de fuerzas de seguridad, contaba además con unas milicias desorganizadas y dispersas después del levantamiento del General Pavía de enero de 1874, que ponía fin al período conocido como el de la Primera República.
Ambiente idóneo para que las fuerzas carlistas albergasen la esperanza de ocupar militarmente Santander, una ciudad que ofrecía múltiples alicientes para las tropas invasoras, en disposición estratégica de extenderse por todo el territorio del Norte peninsular. Ante el temor de su ocupación por la facción carlista, Santander decidió la construcción de una línea de defensa que, de mar a mar, desde el Norte a la altura de la Batería de San Pedro en Monte y hacia el Sur, a la altura de Cajo, cerrase la ciudad ante un hipotético ataque carlista por tierra. La dirección de la obra correspondió a un militar de prestigio, el coronel Almirante, especialista en arquitectura militar y en el diseño de fortificaciones defensivas.
La línea defensiva amurallada se construyó en un tiempo récord, estando prácticamente finalizada a lo largo del año 1874; contaba con distintas fortificaciones, sólidamente construidas, siendo su bastión central el fortín o castillo de Corbanera, en Monte. Afortunadamente para Santander y sus vecinos, el ataque esperado de las fuerzas carlistas no llegó a producirse, procediéndose años después al desmantelamiento de la línea amurallada, dejando a salvo lo que se consideraba como construcción más permanente, el citado castillo o tambor de Corbanera, que inmediatamente después, y una vez desprovisto de su armamento, material de guerra, enseñas y de cualquier otro distintivo de carácter militar, quedó convertido en casa-habitación de distintas familias que hicieron valer sus derechos de dominio sobre la edificación.
In the last third of the 19th century, Santander had an image of a city unprotected against possible attacks from the outside, both by land and by sea. Its defensive capacity had not been renewed since the «Guerra de la Independencia». It retained fortifications in poor condition, unsuitable for the use for which they were built centuries ago (the castles of San Felipe and San Martín).
With insufficient security forces, it also had disorganized and dispersed militias after General Pavia›s uprising in January 1874, which put an end to the period known as the First Republic. This was the ideal environment for the Carlist forces to hope to occupy Santander militarily, a city that offered many attractions for the invading troops, who were strategically placed to spread throughout the north of the peninsula. Fearing occupation by the Carlist faction, Santander decided to build a line of defence from sea to sea, from the north at the height of the «Batería de San Pedro» in Monte and to the south at «Cajo», to close off the city against a hypothetical Carlist attack by land. The work was directed by a prestigious military man, Colonel Almirante, a specialist in military architecture and the design of defensive fortifications.
The walled defensive line was built in record time, being practically completed during the year 1874; it had different fortifications, solidly built, with its central bastion being the fort or castle of Corbanera, in Monte. Fortunately for Santander and its neighbours, the expected attack by the Carlist forces did not take place, and years later the walled line was dismantled, leaving intact what was considered to be the most permanent construction, the aforementioned castle or «Tambor de Corbanera», which immediately afterwards, once it had been stripped of its weapons, war material, insignia and any other military insignia, was converted into a dwelling-house for different families who asserted their rights of ownership over the building
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