«Por tanto, […] por la autoridad de Nuestro Señor Jesucristo, de los bienaventurados apóstoles Pedro y Pablo y por la nuestra, pronunciamos, declaramos y definimos ser dogma de revelación divina que la Inmaculada Madre de Dios, siempre Virgen María, cumplido el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celeste». (MD, 44) Estas palabras declaratorias del dogma de la Asunción, tomadas de la constitución apostólica Munificentissimus Deus (en lo sucesivo, MD) – firmada por Pio XII el 1 de noviembre de 1950, festividad de Todos los Santos –, suponen el culmen de una tradición que empezara, sin duda, en la referencia que de María hace el apóstol Lucas en los Hechos de los Apóstoles: «Todos ellos perseveraban unánimes en la oración, junto con algunas mujeres, con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos.» (Hch, 1,4).
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