Quienes perciben que algo va mal, que las cosas han dejado de funcionar como antaño, que el contrato social está roto o irreco-nocible, son multitud, no una minoría a la que se puede calificar como poco inteligente, ignorante, sucia y deshonesta, según calificativos usados en las últimas campañas presidenciales en los Estados Unidos.El malestar cobija a cientos de millones de ciudadanos de todos los continentes. Se antoja un tsunami. No es casual, entonces, que una parte muy considerable de esa muchedumbre, se identifique con Viktor Orbán, el primer ministro de Hungría, cuando declaró, hace más de siete años, que la era de la democracia liberal había terminado, porque ya no era capaz de garantizar la libertad, ni ofrecer seguridad ni preservar el cristianismo. Fue durante su primer discurso tras ser reelegido jefe del Gobierno por tercera vez consecutiva, gracias a la mayoría absoluta de su partido, el Fidesz, que Orbán formuló esa idea. Aquella afirmación ha hecho metástasis en los discursos políticos de todos los continentes, no por convicción política o filosófica sino porque describía sin tapujos un malestar: el convencimiento de que las instituciones ya no responden a las expectativas creadas por ellas mismas.
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