Madrid sigue siendo, a la llegada de Carlos III al trono de España, una ciudad sucia y de aspecto deplorable, como habían manifestado repetidamente los viajeros ilustrados, y ajena, desde luego, a los presupuestos del moderno urbanismo científico de la época, que preconizaba calles rectas y plazas espaciosas, paseos arbolados y una conjunción útil, bella y armónica entre la naturaleza y la arquitectura. Sobre el viejo entramado urbano, cuya evolución histórica se reseña, el estudio recoge la acción renovadora de la política urbanística carolina que realizan, bajo su impulso, hombres como Olavide, Floridablanca, Aranda, Sabatini, Ventura Rodríguez o Juan de Villanueva.
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