La Iglesia es esencialmente misionera, porque ella constituye un «Pueblo Santo de enviados» que caminan en la historia. Asamblea Santa convocada por el Bautismo, a desarrollar una identidad cristiana, dinámica y eficaz. Tal envío (missio), ha de querer consolidar en el corazón de los hombres, la presencia del Reino de Dios. En este Reino que es Cristo mismo, él es el contenido y el protagonista soteriológico indiscutible de la actividad apostólica de sus discípulos. Cristo es el auténtico misionero y el evangelizador por antonomasia (Cf. Lc 4,18). Una evangelización a través de la Iglesia, signo e instrumento del Reino (Cf. LG 1), que vive esencialmente para la conversión a Dios y a su Palabra, la cual discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Cf. Heb 4,12). De este modo, la Iglesia no tiene una misión, sino que ha nacido para ser misión a través de Cristo, único Señor y Salvador, Evangelio de Justicia y Verdad.
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