«¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano, para mirar por él?» (Sal 8,5). Un misterio. Muerte y vida se han enfrentado en un prodigioso duelo y resulta, que la victoria es de nuestro Dios (cf. Ap 7,10): «La muerte ha sido absorbida en la victoria. ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» (1Cor 15,54-55). La historia de la humanidad vislumbra un diseño inefable de amor salvífico y su lámpara es el Cordero (cf. Ap 21,23). Cristo está vivo y su esposa se ha embellecido (cf. Ap 19,7), «preparada como una esposa que se ha adornado para su esposo» (Ap 21,2). «Él se entregó a sí mismo por ella, para consagrarla, purificándola con el baño del agua […]» (Ef 5,26), bebamos del surtidor de agua que salta hasta la vida eterna (cf. Jn 4,13).
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