La figura del monje forma parte casi de cualquier cultura y religión, pues responde a impulsos humanos. Su existencia parte de una contradicción, ya que se trata de lugares donde conviven los solitarios pero que precisan, para lograr ese aislamiento, apoyarse en otros que compartan la misma aspiración, por lo que no es extraño que además de incorporar templos donde entregarse a la oración prevalezca en ellos el cariz funcional, con estancias y dependencias concebidas y distribuidas siguiendo la segura guía del pragmatismo
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