ni la toga ni el mármol impidieron que Roma se hundiera, durante siglos, en una espiral de corrupción. Desde los comicios republicanos hasta las intrigas imperiales, el soborno fue moneda corriente, las redes clientelares determinaron carreras y fortunas, y el Senado acabó convertido en una maquinaria de favores, pactos turbios y escándalos públicos. Pero, ¿era la corrupción un defecto del sistema...o su combustible?
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