A principio de verano de 1940, la máxima autoridad de Tercer Reich, Adolfo Hitler, entraba, aún de madrugada, en la capital francesa, días atrás ocupada por las fuerzas germanas. Lejos de actos multitudinarios, Hitler realizó una corta visita turística por París, prácticamente de incógnito. Su objetivo principal sería visitar la tumba de Napoleón, personaje por el que sentía gran admiración.
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