Son perfectamente conscientes del enorme poder que tienen sobre sus maridos. En ese gran teatro de la política, en el que un conato de escándalo o una frase oportuna pueden arruinar o enaltecer la imagen de un líder, las primeras damas lo tienen muy fácil para chantajear a sus esposos. El último ejemplo lo tenemos en Perú, donde Susana Higuchi, mujer de Alberto Fujimori, abandonó su residencia y declaró a la prensa su deseo de presentarse como candidata a la presidencia del país, a la vez que criticaba la gestión social de su marido al frente del Gobierno. Pero la esposa de Fujimori no ha sido la primera: antes que ella, otras mujeres han sabido utilizar su posición privilegiada para solventar en público sus problemas privados o para intentar saciar su ambición de poder.
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