Durante este invierno, un tornado arrancó de raíz este símbolo viviente de la literatura española: el centenario pino de Fuentepiña. No se trata de un árbol cualquiera: es aquel al que Juan Ramón Jiménez alude en el capítulo XI de Platero y yo, “El Moridero”, como lugar de reposo simbólico del burro más célebre de nuestras letras.
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