El maestro es capaz de cooperar en la formación de personalidades sólidas que pueden elegir aquello que es bueno y perfectivo para ellos y para la comunidad. De allí que la formación humana y moral del maestro, su disposición a vivir para los alumnos y para la verdad, no es algo de lo que el maestro pueda prescindir si quiere ser verdadero maestro, sino que es parte constitutiva de su ser.
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