Vivimos inmersos en un proceso de globalización que tiene muy diversas dimensiones, entre las que destaca su componente económico. Las múltiples transformaciones que conlleva, en conjunto, están siendo beneficiosos tanto para los consumidores, como para las empresas, ya sea de países desarrollados, como en desarrollo.En España y especialmente desde principios de los años noventa asistimos a un hecho realmente significativo: la internacionalización de sus empresas, que propiciaron un despliegue inversor que por su rapidez, volumen y posiciones alcanzadas, sorprendieron internacionalmente y de manera singular a la comunidad latinoamericana.Este hecho tiene un interés relevante ya que es la causa por la que actualmente España se sitúa entre las economías más abiertas del mundo, y su grado de apertura se encuentra sobre el 67% del PIB (2006), estando por delante de países como Francia, Gran Bretaña e Italia, habiéndose situado como la octava economía mundial de la OCDE.
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