El autor intenta demostrar que la teoría de la evolución no es ciencia experimental en sentido estricto, sino filosofía, como lo comprendía H. Spencer, su creador, y H. Bergson su más acabado expositor. Con Theillard de Chardin se convierte en teología y entra de lleno en la antigua gnosis como lo denunciara J. Meinvielle. El antídoto a estas elucubraciones se halla en la filosofía y en la teología de santo Tomás de Aquino.
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