San Cristóbal de La Laguna, España
uando Anna García Altés me planteó presentar la candidatura de Tenerife para organizar las XLIII Jornadas AES, tenía unas cuantas razones de peso para aceptar. Primero, porque si siempre es una satisfacción coincidir cada año en las Jornadas con tantos apreciados colegas de la Asociación, también lo sería poder ser anfitrión de un evento así. Segundo, porque creo que una de las claves del éxito científico y social de esta Asociación es el compromiso que muestran sus miembros con la organización, lo que se extiende como una externalidad positiva influyendo en decisiones como ésta. Tercero, porque las Jornadas AES siempre han contado con la inestimable ayuda y experiencia de la Junta Directiva y de la Secretaría de AES. Y, cómo no, también entusiasmaba que fuese la primera vez en Tenerife. A estas razones se unieron otras que pude conocer tras la planificación y realización del Congreso.
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