Hasta su conquista en febrero de 1937, Málaga encarnó el símbolo de la resistencia y del fervor revolucionario en el espacio andaluz. En cuestión de horas, el golpe de Estado fue contenido, por lo que el día 19 de julio la ciudad amaneció controlada por las fuerzas leales a la República. Esta respuesta firme, sumada a la tradición política arraigada en el territorio y a las cotas de violencia alcanzadas durante las semanas y meses posteriores, acabaría valiéndole, desde el bando sublevado, el apelativo de “la Roja”. Lo cierto es que ya desde antes de la guerra la ciudad se había caracterizado por su fuerte presencia obrera y sindical, destacando como un bastión de hegemonía anarquista, aunque cada vez más influida por el rápido ascenso del comunismo. Esta tendencia claramente de izquierdas quedó reflejada en los resultados electorales desde el inicio de la Segunda República: en las elecciones de 1931 obtuvo el único concejal del PCE de toda Andalucía, mientras que en las de 1933, en pleno viraje hacia propuestas derechistas, venció la candidatura del Frente Único Antifascista, que llevó al Parlamento al primer diputado comunista de España, Cayetano Bolívar.
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