El papa Francisco se propuso profundizar los procesos iniciados por el Concilio Vaticano II (1962-1965), interpretándolo desde una perspectiva latinoamericana. Esto implicó llevar adelante cambios de énfasis en la agenda papal, en el discurso, en la liturgia y en las instituciones eclesiásticas, tendientes a «desclericalizar» la Iglesia en un contexto de crisis y de caída del número de fieles.
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