Es curioso el poder que tiene un mapa. Con un simple vistazo, permite no solo asimilar una gran cantidad de datos de muy diversos aspectos que afecten a una zona, sino, quizá más importante, llegar a comprender las relaciones entre ellos y cómo afectan al entorno. Desde el momento en el que somos capaces de ubicar espacialmente una información, la podremos meter en nuestra coctelera, de forma que aportará su toque característico al combinado. Todo esto no es nuevo. Es muy difícil saber con precisión cuándo fue la primera vez que el hombre recurrió a una representación de su entorno para explicar, comprender o conmemorar un acontecimiento. Emplearía una tablilla de arcilla, quizá en Babilonia, alrededor del año 600 aC, o igual, muchísimo antes, alrededor del año 1200 o 2000 aC, en la zona de los Alpes italianos, alguien quiso representar sobre la roca una zona montañosa con caminos en la que se mostraba la ubicación de unos asentamientos
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