El 20 de noviembre de 1975 no comenzó la democracia, pero los demócratas celebramos la muerte del dictador. Lo hicimos con la conciencia de que todavía quedaba mucho por recorrer, que la libertad por la que tantas personas habían luchado y dado la vida no llegaría automáticamente con la desaparición de Franco. Aún teníamos por delante el bienio negro (1975-77), la transición con sus peligros y contradicciones, y una democracia que necesitaba ser conquistada día a día, desde las calles, los barrios, las fábricas, las universidades y los medios de comunicación. La dictadura dejó un legado de represión, censura, desigualdad, violencia institucional y carencias sociales. Un régimen basado en el miedo, en la negación de derechos fundamentales y en la persecución de cualquier disidencia. No había libertad de expresión, de asociación ni de prensa. Los derechos laborales eran inexistentes, las mujeres vivían bajo un sistema de tutela patriarcal y las minorías eran perseguidas. La dictadura no fue un tiempo de paz, sino de represión, de silencio impuesto y de resistencia clandestina.
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