Ante la necesidad de adaptar la educación a modalidades no presenciales durante la pandemia ocasionada por el virus del Covid-19, las instituciones educativas definieron múltiples estrategias pedagógicas basadas en los recursos tecnológicos disponibles para la impartición de las clases y para establecer comunicación con los participantes de los cursos. De igual forma, las Instituciones de Educación Superior (IES) implementaron estrategias que les permitieron dar continuidad a los procesos educativos y evitar la pérdida de los ciclos escolares para los estudiantes. La premura de las medidas, además de las circunstancias particulares de cada institución, tuvo diversos efectos en la calidad de los cursos ofrecidos y en la satisfacción de los alumnos. Obtener retroalimentación de los alumnos sobre las prácticas de enseñanza es común en las instituciones universitarias como una herramienta de mejora y como medida de desempeño. Típicamente, los datos de las retroalimentaciones se recopilan con encuestas que califican varios aspectos del proceso educativo cuando este concluye. Sin embargo, son requeridos más estudios para entender como el uso sistemático de sistemas de retroalimentación puede apoyar a los maestros a responder ante la información obtenida (Mandouit, 2018). En este sentido, según Carless & Boud (2018), existe la necesidad de pensar nuevas formas de utilizar la retroalimentación en el proceso educativo. Tanto profesores como estudiantes deben usar la información para juzgar su propio trabajo y mejorar el aprendizaje. El conocimiento del proceso de retroalimentación, el desarrollo de habilidades para juzgar, manejar aspectos afectivos y saber tomar acción ante la retroalimentación son elementos que contribuyen a la mejora educativa y que constituyen capacidades centrales para el trabajo y el aprendizaje permanente.
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