En las últimas décadas se han dado importantes avances en la ciencia y tecnología y, a la par, muchos se incorporan para su aplicación en la vida actual. Basta mencionar, para ejemplificar, el denominado Internet de las cosas. El ámbito de la educación no es la excepción. En muchos casos, se ha hecho necesario modificar la manera en que los procesos de enseñanza-aprendizaje se llevan a cabo, no sólo por contingencias sanitarias, como la más reciente pandemia de Covid-19. Este es el caso de la mediación pedagógica, que nos remite a la actividad profesional del docente (Contreras, 1995). En efecto, la mediación pedagógica surge de las demandas sociales, ya que la sociedad requiere personas con capacidades para el trabajo en equipo, diálogo, consenso, proactividad, reflexión, análisis y crítica, entre otros (León, 2014). El mundo es importante para la vida y muy en especial para cada uno de los seres humanos. Para ampliar las posibilidades de la experiencia de su aprendizaje, quien puede contribuir a potenciar dicho proceso es el mediador pedagógico, al invitar a la reflexión constante, no sólo de lo que ya ha sido experimentado, sino de lo que falta por descubrir. Por su parte, los estudiantes toman consciencia de la importancia de este proceso de manera activa, como procesadores de la información abiertos al cambio cognitivo (Ramírez, 2009). Cuando se habla de habilidades que se requieren para el desempeño de los individuos en el futuro, como son la creatividad, participación, colaboración expresividad y relacionalidad, la mediación pedagógica se erige como una alternativa para tratar las formas de expresión y contenidos para alcanzar esta meta (Mendoza y Abaunza, 2015)
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