Los niños de posguerra comían pan negro, dormían en cuevas y tenían sabañones y piojos. No iban a la escuela porque muchos ni siquiera tenían zapatos y trabajaban en el campo o en las cases para ayudar a sus familias a salir hacia adelante. Durante la década de los cuarenta, tiempo de represión y hambre, los menores españoles padecieron todo tipo de penurias. Fueron víctimas de la miseria que trajo la autarquía de posguerra, especialmente los hijos de las familias más humildes y desestructuradas por la contienda. Ante aquella situación crítica, desarrollaron distintas estrategias para sobrevivir tanto material como emocionalmente. Los menores recurrieron a la picaresca para hacer frente a la pobreza.
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