La diócesis de Zaragoza, la quinta más extensa de España, vivió una época de cambios en los años veinte debido al asesinato de su arzobispo, el cardenal Soldevila, en 1923, a una larga sede vacante y al inicio del pontificado del arzobispo Domenech (1925-1955). Una época de aparente brillantez, con el establecimiento de numerosas comunidades religiosas y un importante laicado (que, al final de la década, empezará a organizarse en la Acción Católica), pero que daba ya síntomas de crisis, con una disminución de vocaciones y de sacerdotes para atender las parroquias y otras instituciones diocesanas.
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