Los que estamos en lo que estamos, en esto de la educación, nos sentimos asaltados a veces turbados, o estimulados, por cuestiones que afectan a nuestra esencia profesional: ¿hago todo lo que puedo?; ¿doy lo mayor de mi a mis alumnos?; ¿estoy capacitado para educar bien?; ¿estoy a la altura de los cambios, de las circunstancias?; ¿estoy aquí porque es mi opción voluntaria?; ¿estoy aquí porque me atrae este estilo educativo más que el de la pública?; ¿no hay razones o miedos inconfesables?; ¿tengo verdaderamente vocación?; ¿es imprescindible la vocación para ser competente?... y así preguntas que de modo consciente o inconsciente pasan por nuestra cabeza, respondiendo a unas, ignorando otras, no pudiendo evitar nunca la reflexión, el comentario, la alusión, la crítica, la autocrítica, la motivación...que se funde y se confunde en ocasiones con nuestra propia acción.
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