Es bien sabido que el constituyente de 1978 temía que la llegada de la democracia comportase una situación de inestabilidad política que finalmente la condujese al fracaso. Preocupación que trajo consigo, fundamentalmente, dos consecuencias. Por un lado, que nuestro régimen parlamentario respondiese al modelo de «primerministerialismo» inglés o «sistema de canciller» alemán, que personaliza la confianza parlamentaria en la figura del Presidente del Gobierno —y no en la totalidad del Gabinete—, a quien la Constitución confiere un auténtico primado sobre sus Ministros al otorgarle facultades que otros ordenamientos atribuyen, en cambio, al Gobierno como colegiado. Y, por otro lado, que la Constitución y, sobre todo, los Reglamentos del Congreso de los Diputados y del Senado incluyesen una serie de piezas institucionales y jurídicas ideadas para afianzar gobiernos y hacerlos fuertes en su debilidad que han distorsionado en la práctica una de las funciones esenciales del Parlamento, la de controlar al Gobierno, que cuenta con numerosas «armas» de disuasión y defensa para evitar ese control. La crisis sanitaria provocada por la Covid-19 no sólo ha evidenciado algunos de los principales problemas no resueltos de la democracia española (como las debilidades de Estado social, el mal comportamiento de los partidos políticos, los serios desajustes de la organización territorial del Estado o la deficiente confección de nuestro derecho de crisis, entre otros), sino que ha provocado o agravado otros, entre los que cabe destacar el fortalecimiento del Poder Ejecutivo (paralelo al decaimiento de las funciones parlamentarias legislativa y de control del Gobierno, que ha llegado hasta el extremo de ser consentido por el propio Parlamento) y la deriva presidencialista que ya venía caracterizando al sistema parlamentario español. Analizar algunas de las muestras más significativas de ambas tendencias constituye el objeto del presente trabajo.
It is well known that the 1978 Constitution feared that the arrival of democracy would lead to a situation of political instability that would ultimately lead to its failure. This concern essentially had two consequences. On the one hand, that our parliamentary system responded to the English «prime ministerialism» model or the German «chancellor system», which personalises parliamentary confidence in the figure of the President of the Government —and not in the whole Cabinet—, to whom the Constitution confers a true primacy over his Ministers by granting him powers that other systems attribute, on the other hand, to the Government as a collegiate body. And, on the other hand, that the Constitution and, above all, the Regulations of the Congress of Deputies and the Senate include a series of institutional and legal pieces designed to consolidate governments and make them strong in their weakness, which have distorted in practice one of the essential functions of Parliament, that of controlling the Government, which has numerous «weapons» of dissuasion and defence to avoid this control. The health crisis provoked by Covid-19 has not only highlighted some of the main unresolved problems of Spanish democracy (such as the weaknesses of the social state, the bad behaviour of political parties, the serious imbalances in the territorial organisation of the state, and the deficient drafting of our crisis law, among others), but has also provoked or aggravated some of the main unresolved problems of Spanish democracy, It has caused or aggravated others, including the strengthening of the Executive Power (parallel to the decline of parliamentary legislative functions and control of the Government, which has gone so far as to be consented to by Parliament itself) and the presidentialist drift that had already characterised the Spanish parliamentary system. The purpose of this paper is to analyse some of the most significant examples of both trends.
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