Proyecto Clío

Página de inicio Mujeres después de una guerra: catalanas en México [1].

 Lilia Granillo Vázquez [2]

 

Yo Netzahualcóyotl lo pregunto

¿Acaso de verás se vive con raíz en la tierra?

No para siempre en la tierra:

sólo un poco aquí.

Aunque sea de jade se quiebra,

Aunque sea oro se rompe

Aunque sea plumaje de quetzal se desgarra.

No para siempre en la tierra

Sólo un poco aquí. [3])

 

 

La primera vez que hablé acerca del sentido de la migración en la vida de las personas estaba enojada. El tema parecía entonces ajeno a mis investigaciones gramaticales o literarias. Invitada por la Universidad Pablo de Olavide, pasaba una temporada en Sevilla y un domingo me enteré, nos enteramos todos, de que en la comunidad costera de El Ejido, a unos doscientos kilómetros, algunos españoles habían asesinado a unos inmigrantes marroquíes. A la violencia étnica, se añadía el machismo y su odiada violencia de género. Una joven española había sido requerida en amores por un joven moro, sobreviviente de las siniestras pateras que entonces surcaban el mediterráneo con cientos de personas que trataban de dejar atrás acechos, injusticias,  destinos  paupérrimos y buscaban ampliar sus horizontes.

Desplazarse por esta tierra y elegir el sitio dónde una quiere vivir, o simplemente estar en algún lado por un tiempo, me parece que es un acto de libertad, un derecho humano. Hallaba razonable que esos moros se jugaran la vida y desafiaran al océano con tal de ponerse a salvo, y encontrar la otra orilla. Me dolía profundamente que mis anfitriones, los andaluces, mataran con sus propias manos a unos extranjeros, morenitos, como yo… Sí, algunos de mis anfitriones sufrían un ataque de intolerancia. Y yo me enojaba con ellos; cada vez más; conforme pasaba el tiempo y yo seguía ahí, mi impotencia crecía.

Un día en círculos universitarios comenté lo que llamo el  olvido culposo  que aquejaba a ciertas generaciones de españoles. Insólito olvido de la trayectoria ibérica de migraciones en busca de una vida mejor,  y de las riquísimas mezclas étnicas y culturales que han dinamizado las relaciones humanas de los peninsulares. Un psicólogo comprometido, andaluz, Manolo Borrero, que trabajaba para el Ayuntamiento y conocía comunidades urbanas populares me invitó a compartir estos pensamientos con habitantes de barrios obreros. Diversos distritos del Ayuntamiento y los consejeros sociales advertían  que así como aumentaba el flujo de inmigrantes, crecía la tensión social y se temían más brotes de intolerancia. Conocí entonces a Eva Molina, trabajadora social que apoyaba comunidades marginales y grupos en desventaja.

Gracias a ellos, me enteré de que muchos españoles rechazaban la intolerancia, pero que no sabían que hacer ni que decir ante esta inmigración incesante. La presencia de la diversidad y la proliferación de campañas sin rostro, ominosas con lemas como “España para los españoles”, los tenían desconcertados. Manolo pensó que sería útil que alguien les contara las historias de los españoles que emigraban a América. Eva me invitó a visitar algunas comunidades.

En varias reuniones de vecinos hablé de las migraciones del pueblo español, comenzando por las del siglo XVI a América. Trataba de explicar la movilidad de ciudadanos y fronteras nacionales como parte de la actual dinámica  global: en bien de la unidad y el bienestar universal, de acortar las distancias y acercar más a la humanidad. Al final de la charla, solía citar partes de alguna carta de las escritas en Granada, para ser leídas en Puebla de los Ángeles, por los que emigraron en 1630. Por ejemplo, Josefa María Caballero, desde Sevilla, le escribe a su hermano Don Diego, en Córdoba, Nueva España, en 1774, y le dice así:

 

Por lo que te pido, por la sangre graciosa que Dios derramó, que no procures el quedarte de una vez como dices en las Indias… Confío en la Virgen del Rosario no me has de dar ese disgusto, y que has de venir a tu casa cuanto antes…[4]

 

O la de Eusebia Morante, desde Cádiz, a su marido a Simón Pérez, natural de Galicia, que hacia 1735 estaba en México:

 

No sé cómo ponderarte la gran pena y sentimiento al ver mi poca fortuna en lograr carta tuya, días ha, haciéndome diferentes juicios: unos, de si por haberte mudado de tierra y no hallarte habrá resultado en estar enfermo; y otros, acompañados de copiosas lágrimas, si te he de volver a ver, pues habiéndome Dios hecha dichosa en merecerte, quiera ahora sienta el perderte…

 

O aquella en que Hernando de la Vega, en 1583, desde Valladolid, en Castilla La Vieja, increpa a Luis de la Vega en México:

Mi señor hermano sabe con cuántas lágrimas escribo ésta, acordándome de cuánta tierra y cuánta agua hay entre nosotros…

 

Al final, muchos ojos brillaban por los recuerdos y el inconsciente colectivo que despertaba. Los vecinos y las vecinas me confiaban que algún tío de alguna madre, o que el esposo de la vecina viejecita, o que la prima de una amiga, había emigrado.  Tal vez las charlas aquellas hayan servido para que dos o tres derribarán la barrera de la diferencia étnica y aceptaran la presencia de los forasteros [5]. Recordar la historia de las migraciones me sirvió para empezar a deshacer la impotencia y convertir el dolor ante el rechazo del otro, en catarsis, en proceso sanador. También descubrí una peculiaridad nacional: mi patria ostenta una clara tradición de apertura a las migraciones. Más aún parece ejercer una atracción feliz entre los inmigrantes, en especial, los de la Península Ibérica.

¿Sabían Ustedes la historia de Gonzalo Guerrero, el primer trasterrado? En 1511 naufragó, en el mar Caribe, la carabela de Valdivia que salió de Santo Domingo: unos cuantos hombres lograron salvarse y llegaron a las costas de Yucatán. Cuando Cortés pasó por ahí, en 1519, se encontró con  un par de sobrevivientes que convivían con los mayas. Jerónimo de Aguilar salió de la selva para encontrarse con el Capitán general y le suplicó que lo recogiera de entre los infieles (Aguilar era diacono). Pero Gonzalo Guerrero no compareció ante Cortés y éste tuvo que mandarlo traer: resultó que estaba “ya casado y con hijos, vestía y andaba pintado como los mayas y no quiso unirse a los españoles.”. Díaz del Castillo registra la elocuente contestación de Guerrero a las insistencias de Aguilar.

 “Id vos con Dios, que yo tengo labrada la cara y horadadas las orejas. ¿Qué dirán de mi cuando me vean estos españoles y desta manera? Ya ves que estos mis hijitos cuan bonitos son…”.

 

Y la esposa de Guerrero, hija del cacique de Cozumel, también le replica a Aguilar, compañero traductor de la Malinche: “ Íos vos y no cureís de más pláticas…” [6].

Por episodios como este, digo que la tierra mexicana, aunque  a veces no lo parezca, tiene vocación por dar refugio.  Y a sus habitantes les da por la manía de  proteger a los perseguidos. Cuenta Emmanuel Carballo la historia de la “insensatez” de Federico Gamboa –el escritor de “Santa”--. En 1903, Gamboa, diplomático, representa a México en las negociaciones de paz entre Guatemala, El Salvador y Honduras, que se realizan a bordo del buque estadounidense Marblehead. A insistencia del ministro de Estados Unidos, el representante de Guatemala inserta la cláusula de “la facultad de los ejecutivos de las partes contratantes  de entregar a los refugiados políticos a la primera demanda…”.  Gamboa comprende el “horrible alcance de tal cláusula y la rechaza resueltamente”. Combs, el ministro estadounidense reconviene a Gamboa diciéndole que con esa actitud “va a desagradar al presidente Roosevelt”. A lo que Gamboa contesta. “Señor Ministro, olvida Usted que yo sirvo al presidente de México y no al de Estados Unidos…” Combs continuó hostilizando a Gamboa, al punto que el Ministro mexicano se vio obligado a pedir al Capitán del Marblehead que lo desembarcara en el puerto más próximo. Tan digan respuesta convenció a Combs de su desatino, ofreció una disculpa a Gamboa y no tocó más el punto de la “horrible claúsula” [7].

Eres tu verdadero ¿tienes raíz?

¿A dónde iremos

donde la muerte no existe?

Mas, ¿por esto viviré llorando?

Que tu corazón se enderece:

Aquí nadie vivirá para siempre.

Aún los príncipes a morir vinieron…[8]

 

Menos de 40 años después, Gilberto Bosque, otro diplomático mexicano, extiende la consigna de proteger mexicanos, e incluye bajo ella a todo aquel perseguido en la Europa fascista. Los primeros, los republicanos españoles:

… se instalaron dos campos de refugio en dos barrios de Marsella, Mennet y Sulevin, en donde tuvieron abrigo y protección aquellos hombres que corrían grandes peligros. En el castillo de la Reynard había de 800 a 850 personas… Había universitarios, magistrados, literaros, hombres importantes y también habñia trabajadores del campo y del taller. Todos llegaron ahí a protegerse, a buscar abrigo, con el animo completamente caído. Para levantarles el espíritu se organizó una orquesta, se montó un teatro, se organizaron juegos deportivos y esos hombres recobraron el buen ánimo…[9]

 En México existe una tradición de acoger al migrante tal, vez anterior incluso a la salida de los siete pueblos nahuatlacas, que emigran del mítico Chicozmotoc, y se mueven rumbo al sur.  Fue Señor de los Tenochas, el rey de Azcapotzalco, quien se conmueve, en el siglo XIV, con los sufrimientos de la tribu de desarrapados que deambulan por las orillas del Gran Lago de Tezcoco. Los tenochcas, el último grupo en llegar a la Cuenca de México, son sistemáticamente expulsados por los antiguos habitantes de la inmensa zona lacustre. Desalojados, muertos de hambre, sin un sitio donde asentarse y crecer, conmueven el corazón de Tezozomoc. Los tepanecas poseían la veteranía del Valle de Anáhuac y ceden espacio a quienes vienen del norte y han sido repudiados por los demás. 

Tal vez conmovido por los sufrimientos de quienes dejaron Extremadura, Castilla, Cataluña o Asturias, mi padre me hablaba mucho de los españoles que vivían en las calles de López, cercanas al mercado de San Juan. Y cuando yo tenía unos 9 años, me llevaba a ver a “la España que vivía en México”.  Decía: “Mira, aquí hay dos presidentes, el de México y el de España, por que a la España del otro lado del mar, se la comió Franco”. Yo confirmaba que Franco era un ogro comeniñas, cuando en el Tupinamba, o en el casino del Café de la Habana, escuchaba las voces de trueno de los españoles, que fumaban puro como chimeneas, jugaban dominó aventando las fichas y a cada rato golpeaban con el puño la mesa de lámina, al grito de “Este año cae Franco”. Me encantaba las señoras de ahí, las españolas, mi padre les decía “republicanas”. A mí me atraía su desenfado, cierto desparpajo, la vista de la libertad. Y las sentía cercanas por que se hablaban de “tú” con todo mundo.  Así de familiares, así de próximos  eran y son los españoles en la cultura mexicana, españoles que, como todo mundo sabe, se distinguen naturalmente de los gachupines.

Tras el incidente de Sevilla, unos amigos me pidieron localizar en México  los datos de un español que salio de Extremadura para no volver jamás –ya se sabe que se ha distinguir entre asilados, refugiados, exiliados, trasterrados, expatriados y repatriados—. Encontré el rastro de Rubén Landa como encuentra uno a los refugiados en México, enseguida. Landa había sido maestro de una colega mía y era tío de otro profesor de la UAM. Me enteré de que había sido secretario de Giner de los Ríos y gestor de la Escuela de Libre Enseñanza, una de las muy nobles instituciones de la República. También supe que este erudito, este español europeo, había elegido México para vivir su segunda existencia.

Una vez que fueron sorteados los episodios de los campos de concentración, Landa, pedagogo reconocido que había estudiado en las mejores universidades europeas, se refugió en la ciudad de México. Ya calmada la ira franquista,  hubiera podido elegir regresar a  las mejores universidades del mundo, Francia, Estados Unidos. Sin embargo, como Gonzalo Guerrero, ya tenía labrada la cara y perforadas las orejas por esta tierra mía, y deseaba tener unos  hijitos muy bonitos. Compró un pedazo de tierra, un rancho en Guanajuato y se fue a vivir ahí. Inventó una cartilla de alfabetización para los indígenas, y se las ingenió para construir unos cuartos y becar de su bolsillo a una decena de pupilos que pudieran convertirse en maestros rurales y regresar a sus comunidades. Landa fundó en el Rancho de la Olla, en un pueblo rabón, una Escuela de Libre Enseñanza. ¿Cómo no enamorarse de estos españoles, transterradores de tan nobles ideales? [10] La Guerra Civil Española, como la Conquista de la gran Tenochtitlán, fue un hecho violento con resultados asombrosos: el riquísimo mestizaje. México ha salido ganando ¿Se puede trascender la guerra, puede atravesarse el dolor y el horror y convertir la muerte en vida?

Tras publicar en España  el pequeño homenaje a Landa, comencé a recibir peticiones de recuperar la historia de las mujeres republicanas [11]. A veces, todavía me parece extraño que yo, una profesora de habilidades comunicativas, estudiosa de las identidades y de la poesía y la prensa del siglo XIX, hable acerca del exilio español  del siglo XX, y de la manera en que las mujeres experimentaron la guerra. La verdad es que emprendí esta tarea con la experiencia de haber conocido a muchas republicanas españolas, a lo largo de la vida. Francesca Linares de Vidarte y Teresa Segovia me han distinguido con su amistad; Angelina Muñiz, Paciencia Ontañón han sido mis maestras.

Esa investigación que he llamado “Mujeres después de una guerra” se ubica en la construcción de la paz. Ante las reivindicaciones históricas actuales en torno a la guerra del 36 al 39 en España, antes los recientes descubrimientos de fusilamientos masivos y enterramientos clandestinos, yo, con la voz de estas  mujeres, reivindico la paz. Sigo en esto al maestro León Portilla, cuya Visión de los vencidos encarece el conocimiento del pasado, del pasado doloroso, como labor de catarsis y enraizamiento del propio ser.  La vida después de una experiencia tan atroz como la guerra, se abre paso. El testimonio de estas catalanas confirman las bondades de transformar la guerra a muerte en lucha por la vida. Estas voces certifican las posibilidades de crecer en el exilio.

¿A qué conduce siempre los reyes en litigio

consumiendo la hacienda de los pueblos en incendio de guerra?

¿A qué los odios de reino a reino? Mejor es que se unan

pueblos del mismo tronco.

Hagamos  pues alianza,

Tenochtitlán, Tlacopan y Texcoco

 para vivir en paz [12]

 

 

Ligia, por ejemplo, fue maestra de pintura de mis hijas. Y me contó que su  abuelo fue el fundador del Partido Socialista Obrero español en Valencia, que toda su familia era de izquierda. Salió de España a los 2 años de edad y estuvo algunos años en Francia. Siendo ella adolescente,  llegó la familia toda a México. Se integró pronto a los grupos mexicanos pues estudió en la UNAM, Artes plásticas. Se casó con un mexicano, y nunca se le ha ocurrido regresar a  vivir a España. Aprendió primero catalán y luego, en los campos de concentración, el francés. Comenzó a hablar la lengua española en México.

 

Eli Bartra es mi compañera en la Universidad, y pertenece a una conocida familia de intelectuales. Su madre era Ana Muriá, la primera periodista catalana del siglo XX, conocida activista durante la II República, y gran escritora.  Para ella, el exilio, la vida en México, giraba en la provisionalidad. México no era la tierra donde sus papás se iban a quedar. Año con año, Franco iba a caer, y ahora sí íbamos a regresar. Todo era  lo provisional. Sus padres pensaron, ya en México:

 “Bueno, si tenemos hijos, pero no van a ser mexicanos, seguramente nos los vamos a llevar allá”. . La sensación de provisionalidad  duró 15 años para mi hermano y 10 para mi. Muy sensatamente, cuando mi hermano tenía 15 años, mis padres decidieron que si a un niño no lo sacabas de la tierra antes de que cumpliera 15 años, ese niño era de esa tierra. Entonces dijeron: nuestros hijos son mexicanos, y si regresamos va a ser sin ellos. Así se quedaron otros 15 años. A los 30 años de vivir en México decidieron regresar a España, pero regresaron solos, nosotros ya estábamos casados. …”

 

Norma Muxaes  Pastor también era maestra de mis hijas, profesora de inglés.  Hija de dos refugiados, creció en el exilio español y en el libanés, tan poco estudiado. Y me contó que su mamá nació en Barcelona, en la casa de un militar republicano que estaba a cargo de la fábrica de municiones cuando empezó la guerra. Murió en un bombardeo. Alertados por lo que sucedería, los hermanos del abuelo habían salido de España para Lisboa. En una casa improvisada, disimularon tras una alacena un cuarto donde se refugiaron muchos españoles, ricos y pobres, que estaban ahí mientras los mandaban a Brasil o a México. Uno de los primeros tíos de Norma que llegaron acá, puso tienda de importaciones, portuguesas  y españolas, en Veracruz. También era una simulación  para poder traer a la gente a México.

Ya establecida en México, la mamá de Norma encontró trabajo con Don Alfonso Caso. Luego ella  y sus primas ingresaron al periodismo. Se casa con el papá de Norma, hijo de un notable exiliado libanés.  Mientras cubría la campaña presidencial de Miguel Alemán, hacia 1946,  entra en contacto con el mundo del cine, gracias a una entrevista con Pedro Infante y Sara García. Le ofrecen ser actriz, abandona el periodismo. “Mi mamá era bellísima, Diego Rivera siempre quiso pintarla, llegó a filmar 27 películas en la época de oro del cine mexicano.” Dice Norma que tenían una vida familiar muy intensa, que cada Domingo se reunían tíos y primos y primas y se iban al Lago de Guadalupe a cocinar una paella a la leña, Pero eso sí, había que regresar a tiempo de ver la corrida de toros. Norma y su hermana son mexicanas, no tienen acento ni español ni catalán, y no conocen España.

 

Josefina Benet Viuda de Montaño nació en Barcelona en  octubre de 1932.  Pertenecía a la clase media alta, su padre administraba una empresa de alquiler de autos. Durante la República, llegó a ser secretario de industrias de guerra. Hacia los años 37-38, y a pesar de las dificultades y de los trances de la Guerra Civil y de la Segunda Guerra, la familia logró emigrar  a Francia. Vivieron en Perpignan y en otros sitios,  en condiciones más o menos favorables. Nunca conoció los campos de concentración. Estuvieron un año en París, luego viajaron, por negocios del padre,  a Argentina.

El papá de Josefina no llegó a México como refugiado, aunque siempre fue republicano. Llegó para administrar una empresa de salud. Cuando en la década de los 50, sus papás pensaban ya regresar, Josefina y su hermana se casaron con mexicanos. Josefina, catalana de nacimiento, aprendió a hablar español en Argentina. Y me cuenta que había una gran diferencia entre México y Argentina. Sonríe cuando recuerda cómo preparaba desde aquí los paquetes de azúcar, café, harina que mandaba su padre a la familia que quedó en Barcelona.  El padre que  se  quedo en México porque sus hijas se casaron con mexicanos. Regresaron a España, de visita, en 1971. Los papás de Josefina están enterrados en México. Curiosamente, el esposo de Josefina, un medico quiropráctico de familia del Bajío, murió en Barcelona, mientras estaban de paseo.

“Verdaderamente nuestro país es aquí --me dice--. Porque te acostumbras. ,Lo de allá lo idealizas, pero sabes que ya no es lo mismo que dejaste. Mi vida la hice aquí, mi vida es más de México que de Cataluña. Hay muchas cosas que me atan aquí. Un familiar mío que pudo haber regresado, decidió quedarse acá por que adoptó un niño.”

 

Rosa Castillo Viuda de Cabruja, en cambio, nació en México y vivía por la calle de Mesones, en el Centro, cuando por la década de los cuarenta, llegó a atender la miscelánea de enfrente, un catalán. Era un refugiado, que tras haber pasado muchos años en el campo de concentración en el sur de Francia, obtuvo permiso de emigrar a México en el último barco del exilio. Obtuvo el trabajo en la miscelánea gracias a que los refugiados pobres  compartían techo y alimentos. Vivía con una familia y atendía la miscelánea con el hijo de esa familia.  En la Republica, el esposo de Rosa, nacido en Gerona, fue secretario particulares de  tres gobernadores. Había estudiado filosofía y letras antes de la Guerra y luego, en el exilio en Francia tuvo ocasión de seguir estudiando al salir del campo de concentración. El esposo de Rosa es uno de los escritores del exilio. Pero durante muchos años se dedicó a atender la miscelánea. Ahí acudían a visitarlos muchos intelectuales, españoles notables, y celebraban tertulias. La miscelánea, que se llamaba “El Farolito”,  llegó a ser conocida popularmente como “El Liceo Catalán”.

Como se vino sin conocer a nadie y dejó todo allá, casa, empleo, familia, novia, sólo pudo alojarse en la zona de las bodegas, donde llegaban los españoles pobres. Generalmente, eran propiedades de los viejos residentes españoles, los que llegaron de antes de la guerra y que no eran republicanos ni nada, o sea de los que aquí llamamos gachupines. El dueño de la tintorería  era un gachupín prepotente, que iba a visitarlo y discutían mucho pues el republicano solía hablar con gente de toda clase y nación. Desde albañiles hasta catedráticos. Y el antiguo residente lo reñía por eso. Un día, con ocasión de las fiestas patrias, Agustín quiso poner la bandera de México y la de Cataluña, y el gachupín le reclamó. Agustín se enojo mucho con este hombre que no era de ideas republicanas ni democráticas: Mi marido era republicano, exiliado, y refugiado.

El decía “Refugiado gracias a dios”, por que así pudo venir a México y producir  mas de lo que hubiera podido hacer allá estando vivo Franco.

 

 Cuando Agustín murió, a Rosa le empezó a interesar hablar y escribir el catalán, lengua que antes solamente entendía. En la actualidad, está pensando en reeditar la obra de su marido, y ha acudido varias veces a recibir los homenajes póstumos que le ha dedicado su tierra natal: “Ahora, la catalana soy yo”, concluye Rosa.

 

Cuando les pregunto estas mujeres qué significó la guerra para ti, qué significa para  tal o cual mujer, todas sonríen. Me responden que a las mujeres no nos importa la guerra, nos interesa la vida…

No tengo problemas en recuperar estos testimonios de los procesos de sanación, todas quieren confiar su historia, todas quieren hablar de la maravilla de ser sobreviviente. Desde que acudo los primeros sábados del mes a los desayunos de la Sección Femenina del Orfeo Catalá, en busca de los testimonios de mujeres después de una guerra, se me acercan algunos varones y me preguntan que cuándo los voy a entrevistar a ellos, qué cuando voy a escribir “Hombres después de una guerra”.

Me gustaría cerrar estas reflexiones después de una guerra, con las palabras del Rey Poeta, el antiguo habitante de esta tierra:

Los de una misma madre

Son hermanos

Y no es más hijo un hermano que otro

Respecto de la madre de ambos:

Son iguales.

También todos tenemos una madre

 Común, la que nos nutre en vida,

Nos amamanta,

Y otra vez en su seno nos recibe

Cuando, muertos, nacemos a otra vida.

Esta madres es la tierra

A su respecto

Somos todos iguales

Para ser dueños de ella, dueños del suelo.

Sobre esta base

Dividamos los campos labrantíos.-

Y así se hizo. [13]

Todos somos emigrantes, peregrinos y peregrinas por esta tierra. Con este trabajo deseo conmemorar a estas guerreras de la vida, que incluso al morir la tierra natal supieron dotar de vida el exilio. 

Proyecto Clío

[1] Parte de este trabajo fue leído en la Mesa “Crecer en el exilio”, celebrada en la Casa Refugio Citlaltépetl, el 20 de junio de 2003, Día mundial del Refugiado, organizada por la Comisión Nacional de Apoyo a Refugios (Secretaría de Gobernación, México) y el Alto Comisionado de las Naciones Unidas.

[2] Profesora titular del Departamento de Humanidades, Universidad Autónoma Metropolitana—Azcapotzalco, Proyecto de investigación No. 767: Valores socioculturales que Iberoamérica aporta al mundo, y No. 282 Historia documental de las mujeres. 

[3] Expresión de Netzahualcóyotl, Sabio Tezcocano(1402—1472), acerca de la filosofía náhuatl, en particular del “cáhuilt” (lo que nos va dejando)  y del “tlaltícpac”, (lo sobre la tierra), en  Miguel León Portilla, Trece poetas del mundo azteca, México, SepSetentas, 1972, p. 65-6

[4] Rocío Sanchez Rubio e Isabel Testón, El hilo que une, Las relaciones epistolares en el Viejo y el Nuevo Mundo,  Universidad de Extremadura, Badajoz, 1999. Cartas anexas a los juicios de bigamia de la Santa Inquisición, conservadas en el AGN de México. Cito las cartas 223, p. 422;   205, p. 398, y  55, p. 136.  

[5] En honor a la verdad, Su Excelencia, la Muy Magnífica Señora Doña Rosario Valpuesta, Rectora de la Universidad Pablo de Olavide, al año siguiente de los asesinatos de El Ejido, emprendió una campaña de concientización, y me cuentan que alojó a los inmigrantes latinoamericanos y marroquíes (indocumentados)  en campos de la misma Universidad. 

[6] Vicente Rivapalacio (Dir. Gral),  México a través de los siglos, (1a ed. 1884-1889),  México. Ed. Cumbre, S.A., 1981, vol. II,  p. 374

[7] Emmanuel Carballo, Reflexiones sobre literatura mexicana, siglo XIX, México, Biblioteca del ISSSTE, 1999, p.

[8] Netzahualcoyotl, Miguel León Portilla, Trece Poetas del Mundo Azteca, Op. Cit., p. 67-8. “Enderezar el corazón” puede referirse a la connotación náhuatl de “yóllotl”, (corazón), “que dio un sentido a su movilidad y a su núcleo dinámico.”

[9] Gilberto Bosque, “La diplomacia mexicana durante la Segunda Guerra Mundial”, en Casa del Tiempo, Revista de la Universidad Autónoma Metropolitana, México, julio—agosto de 2003, p. 99.

[10] LGV, “Pedagogía extremeña para Guanajuato: Rubén Landa en México”, Revista de Estudios Extremeños, Badajoz, España, No. II, 2001.

[11] Agradezco a Teresa Ferríz Roure, de la Universidad Autónoma de Barcelona, y a Blanca Martínez, del Orfeo Catalá, en México, que hayan insistido en que me ocupara de recuperar  estos valiosos testimonios.

[12] Salomón  de la Selva, Acolmixitli, Nezahualcoyotl, México, Gobierno del Estado de México,  p. 80—81. Escritor nacido en Nicaragua, de prosapia hispana, pero radicado en México, otro trasterrado.

[13] Salomón de la Selva, Op. Cit., p. 77-9.