Hoy, cuando recelamos de los reactores nucleares, las ondas magnéticas de los móviles, las emanaciones de radón y los cables de alta tensión, nos cuesta creer que alguna vez hubiera aficionados a los bombones y supositorios radiactivos, tuberculosos dispuestos a inhalar gases con radio, y mujeres dispuestas a rejuvenecer sus rostros con cremas elaboradas con torio. Por increíble que parezca, así ocurrió: hace un siglo, Occidente fue presa de una galopante pasión por la radiactividad. El descubrimiento del radio por los esposos Curie y las expectativas en su supuesto poder regenerador hicieron proliferar las pseudoterapias y los productos engañosos hasta que los estragos causados por su toxicidad salieron a la luz.
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