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La Ilustración Liberal

Nicolas II y Lenin

Hélène Carrère d'Encausse es la primera mujer miembro de la Academia francesa, de la que se ha convertido pronto en secretaria perpetua. Su nombre figura por derecho propio en un elenco de expertos franceses en el comunismo en general y en la antigua Unión Soviética en particular Alain Besançon, Stéphane Courtois, Nicolas Wert, Marc Ferro, Jean Ellenstein... junto a los ya desaparecidos Annie Kriegel y François Furet.

De origen ucraniano, pero francesa por su matrimonio, Carrère d'Encausse lo es sobre todo por la claridad de su estilo, la sencillez e incisividad de su argumentación, la ambición por proporcionar al lector una interpretación de conjunto de la no pocas veces escalofriante historia de la Rusia imperial y de la comunista, y por el modo, en 1/2n, cómo la cortesía de su argumentación ni oculta sus opiniones ni disimula con vaciedades la ausencia de argumentos.

Carrère d'Encausse es autora de al menos dieciocho libros en los últimos treinta y tres años, la mayoría de ellos dedicados a la historia de la Rusia soviética y al análisis de sus últimos decenios. Destaca en esta obra su gran dominio del complicado asunto de las nacionalidades. De la lucidez de esta trayectoria investigadora da cuenta que la historiadora francesa figure entre quienes pronosticaron la implosión de la URSS, en lugar de considerarla anticipación del futuro luminoso de la humanidad o, al menos, bastión inconmovible del progreso social. Tan sólo una de estas obras, La Gloire des nations (Fayard, 1990) ha sido traducida al español (Rialp, 1991) y al catalán. Pueden citarse, no obstante, otros trabajos suyos inéditos en español también de gran interés como Lénine, la révolution et le pouvoir (Flammarion, 1979), base de su biografía del primer dictador comunista aparecida el año pasado y traducida ahora por la editorial Espasa y, sobre todo, Le Malheur russe. Essai sur le meurtre politique (Fayard, 1988), un análisis del papel de la violencia y del asesinato político a lo largo de la historia rusa. Incluye un perspicaz examen del papel de la monarquía en las principales encrucijadas por las que atravesó Rusia, y el modo en que los avances del principio de legalidad logrados a lo largo de la segunda mitad del siglo xix se vinieron abajo ante el renovado maridaje de la violencia y la política, ahora por iniciativa de los revolucionarios y su recurso al terrorismo. Un entrelazamiento que llegó al clímax y a lo patológico con Lenin y Stalin.

Ha sido en los dos últimos años cuando Carrère d'Encausse se ha dedicado a la biografía, y fruto de este trabajo ha sido una especie de vidas paralelas o, mejor, una reflexión convergente sobre la occidentalización de Rusia hecha desde la figura del último zar, Nicolás II, cuya biografía apareció en 1997, y la ya mencionada de Lenin. Se trata de dos biografías intensamente contextualizadas. Las circunstancias políticas del personaje importan mucho más que su psicología personal o su vida privada, inexistente en el caso de Lenin. El resultado es mucho mejor con Nicolás II que con este último. El principal elogio que puede hacerse del retrato del último zar por Carrère d'Encausse es que da una visión muy perspicaz y al tiempo apasionada de un reinado -más que del propio personaje- que la autora subtitula "la transición interrumpida" (se entiende, la de Rusia hacia la occidentalización). Ese balance positivo no impide que, con los datos que nos proporciona, el lector pueda llegar a una conclusión negativa de la ejecutoria de Nicolás II.1 Por el contrario, en el caso de Lenin, el peso del contexto disuelve casi al personaje, concretamente desde el golpe bolchevique de 1917 hasta su muerte en 1924. Este desequilibrio obedece, con toda probabilidad, a que Carrère d'Encausse no puede ofrecer el tipo de revelaciones que el acceso a los archivos secretos del Kremlin ha proporcionado al general Dimitri Volkogonov, nombrado por Eltsin responsable máximo de aquellos, y que ha sabido utilizarlos para escribir su estremecedora biografía de un Lenin oculto,2 obra que Carrère d'Encausse conoce perfectamente. In3/4uye también en el distinto resultado de ambas biografías la diferente actitud de la autora ante uno y otro personaje. Esa diferencia tiene que ver con la aportación de cada uno a la occidentalización de Rusia, por más que sea imposible olvidar que la relación más importante consistió y consiste en que Lenin fue el verdugo de Nicolás II y toda su familia. Este balance opuesto tiene también una dimensión personal y moral. Para Carrère d'Encausse -muy sensible a la importancia de la institución monárquica para Rusia- Nicolás Romanov era un ser humano con principios a los que procuró ser fiel. El zar demostró una gran dignidad en las durísimas pruebas que pasó tras su abdicación hasta su asesinato en la matanza de Ekaterimburgo. En el caso de Lenin, Carrère d'Encausse (y los documentos ahora accesibles lo acreditan) se las ve con un personaje de una inteligencia y tenacidad fuera de lo común, pero sin escrúpulos y de una crueldad obsesiva, impasible ante el sufrimiento humano que gustaba provocar. Aunque no lo cita, Carrère d'Encausse coincidiría con el juicio de Bertrand Russell, que conoció a Lenin en 1920, y dijo de él que era la persona más malvada que había conocido nunca.

Nicolás II no tuvo una educación esmerada y su padre Alejandro III, que lo consideraba un niño (también Rasputín), lo mantuvo por ese motivo permanentemente alejado de los asuntos de Estado. Nicolás fue una persona dócil y esforzada que no mostró nunca especial interés por problemas intelectuales ni tuvo gustos artísticos definidos. Esa falta de curiosidad se manifestó también en una concepción un tanto chovinista de lo ruso que le jugó malas pasadas con relación a los méritos de otros pueblos, especialmente en el caso de Japón, país ante el que Rusia sufrió entre 1904 y 1905 derrotas aplastantes, que fueron directa responsabilidad del zar. La principal limitación de Nicolás II consistió, no obstante, en que no tenía vocación para su oficio imperial. La política le agobiaba (único punto en el que de verdad se parecía a Luis XVI de Francia) y ese sentimiento de carga bloqueaba la intuición y la imaginación que tanta falta le hacían en las condiciones de intenso cambio en que debió reinar. Creyente sincero, la ausencia de vocación lo llevó a adoptar una postura fatalista de sometimiento a la voluntad de Dios como solución última y modo de encajar cuanto le ocurría.

Carrère d'Encausse subraya con fuerza que de las consideraciones anteriores no puede deducirse que Nicolás II careciera de una concepción de Rusia ni de un proyecto para su país y para su reinado. En cuanto a su modo de entender Rusia, el zar era tradicionalista, incluso arcaizante. Consideraba al campesino, al mujik, la encarnación verdadera de lo genuinamente ruso y, en su versión religiosa de trabajo duro, penalidades, resignación y una fe sincera en Dios, sentía por él una profunda simpatía. Así se explica en parte el encumbramiento de un personaje como Rasputín cerca de la pareja imperial. Este amor al mujik iba unido al convencimiento de que existía un vínculo indisoluble entre el verdadero pueblo ruso y el zar. Su principal convicción política estaba estrechamente conectada con la anterior y consistía en la preservación del carácter autocrático de la monarquía que debía transmitir intacta a su sucesor. La autocracia se justificaba a ojos del zar como decantación de la experiencia histórica del país en el plano político, y junto al mujik y la ortodoxia integraban la esencia de Rusia.

Estas convicciones de Nicolás II eran simples y arcaicas, pero coherentes. Ahora bien, pese a lo mucho que lo anuló Alejandro III, su proyecto de reinado no se limitaba a preservar la tradición. También quería continuar la empresa modernizadora de su padre y de su abuelo, Alejandro II, quienes intentaron convertir a Rusia en un gran estado industrial en el que la técnica moderna fuera la base de un poderío militar renovado. Alejandro II, el emancipador de los siervos en 1861, trató de combinar modernización económica con gobierno por la ley, al tiempo que avanzaba hacia un régimen constitucional. Al ver a su padre despedazado por los terroristas, Alejandro III optó por el autoritarismo sin contemplaciones y acentuó el ritmo de la industrialización. El ritmo se aceleró todavía más con Nicolás II, y su profunda incoherencia consistió en tratar de preservar una esencia espiritual rusa falsa y mitificada, foco de barbarie en realidad, al tiempo que estimulaba la inversión de capital exterior y la alianza militar con las potencias occidentales, especialmente Francia, política a la que se mantuvo siempre fiel. Nicolás II no fue capaz de en ningún momento de resolver el dilema que esa doble lealtad implicaba.

Nicolás II seleccionó como jefes de gobierno a los dos mejores estadistas rusos del siglo xx: el conde Witte y Stolypin. El primero protagonizó la estabilización monetaria y el conjunto de políticas que imprimieron el máximo ritmo al proceso de industrialización a lo largo de las dos primeras décadas del reinado de Nicolás entre 1894 y 1905. También obtuvo una excelente paz tras las derrotas rusas en la guerra contra Japón, y persuadió al zar que permitiera la elección de una Duma o parlamento tras la revolución de 1905. Stolypin, que vino a continuación, demostró tener una mano muy dura con la marea terrorista que asoló Rusia una vez terminada la revolución de 1905 hasta 1909. Pero además, y al contrario que su señor, paralizado por los escrúpulos autocráticos, otorgó carta de naturaleza a la Duma, la trató como un auténtico parlamento del que no se podría ya prescindir, y puso en marcha una reforma agraria dirigida a extirpar el corazón mismo de la barbarie rusa, el mir, la propiedad comunal campesina. La relación de Nicolás II con ambos grandes ministros fue tormentosa y, en el caso de Stolypin, basada en una desconfianza creciente. Los dos ministros comprendían con claridad que el desarrollo industrial de Rusia terminaría por eliminar lo que el zar consideraba su esencia campesina y también la autocracia, desbaratando así el proyecto de compatibilizar dos realidades incompatibles.

Ahora bien, si es cierto que Nicolás II designó algunos grandes ministros, también lo es que la elección de su esposa no pudo ser más desgraciada. Alix de Hesse Darmstadt era una mujer de pocas luces, con inclinación a la histeria y al misticismo, y bien dotada para atraerse la antipatía generalizada de la gente. La detestaron tanto el pueblo ruso como el conjunto de los parientes del zar. De las ideas de su marido compartía de forma exaltada la parte arcaizante y reaccionaria, pero era virulentamente hostil y por completo inepta en todo lo relacionado con la modernización. Creía que el problema de Rusia consistía en infundir valor e intransigencia a "su Niki", cuyas decisiones mediatizaba siempre que podía. Aunque Nicolás y Alejandra (su nombre ruso) formaron un matrimonio y una familia feliz y unida (lo cual sirvió también para alejar al zar de su pueblo y de todo ambiente que no fuera el estrecho círculo familiar), lo cierto es que la zarina transmitía la hemofilia y la tragedia para Nicolás II fue que su hijo y heredero contrajera esta grave dolencia en un grado agudo. Hay un aspecto en este asunto que muestra cómo, para Carrère d'Encausse, lo privado y lo público, lo arcaizante y lo moderno chocaban de forma dramática en la vida del zar. Para aliviar los dolores del pequeño zarevich (el carácter de cuya enfermedad nunca se hizo oficial) se le administraba lo que era entonces el analgésico más moderno, la aspirina, sin saber que el remedio propiciaba las hemorragias. Rasputín, independientemente de sus poderes hipnóticos, despreciaba toda la farmacopea moderna y al eliminar la aspirina alivió los sufrimientos del heredero. Un efecto curativo casual que, de paso, venía a arraigar los prejuicios y la cerrazón tradicionalista de los padres. Hay que apuntar que tras una breve estancia en 1903, Rasputín apareció en San Petersburgo el año de la revolución de 1905, pero su influencia política no se volvió intolerable hasta una década después. De ella da testimonio el bombardeo incesante de cartas y notas de la zarina a su marido, transmitiéndole las opiniones y los deseos de "nuestro Amigo", con mayúscula. La hora de Rasputín sólo llegó cuando las tensiones tremendas que puso en marcha la I Guerra mundial hicieron inaplazable la colaboración leal del zar con la Duma y de ésta con el zar, sin que hubiera acuerdo por ninguna de las dos partes. Nicolás II, bloqueado por la tensión, abandonó San Petersburgo y se recluyó en el Cuartel General del Estado Mayor en Mogilev, entregando así el poder político a la zarina contra la opinión de todos sus parientes, que buscaron la forma de hacerle abdicar. El monje, favorecido por los ministros ineptos que promocionaba la emperatriz, apareció como el genio maléfico detrás del trono, y a las derrotas militares y sus costes se añadió la desorganización creciente de un gobierno y de una administración en manos de mediocres, por no hablar de la total ausencia de una dirección política responsable. Fue en aquellas circunstancias cuando tuvo lugar el asesinato desesperado de Rasputín por el príncipe Félix Yusupov y un sobrino del zar. Por aquella pendiente de desorden ya no dejaría de resbalar el Estado y la sociedad rusos hasta entrar directamente en el infierno con el golpe de estado de Lenin y su partido.

Los bolcheviques, en especial Trotski, se deleitaron con la posibilidad de juzgar públicamente a Nicolás II. Pero Lenin había pensado de antiguo en la alternativa del exterminio de los Romanov, temiendo que ese tipo de juicio beneficiara al zar como ya había ocurrido con Luis XVI. Como siempre que tomaba decisiones sangrientas o poco escrupulosas respecto al dinero, Lenin se cuidaba mucho de borrar sus huellas. La responsabilidad del asesinato de la familia imperial se atribuyó al soviet de Ekaterimburgo y se justificó con la proximidad de tropas de los ejércitos blancos. Sólo se confesó el asesinato del zar y se ocultó la suerte del resto de la familia durante un año. Pero cuando Trotski pidió información a Sverdlov, presidente del Comité ejecutivo central del Congreso panruso de los soviets y mano derecha de Lenin, aquél le dijo que "Ilitch", es decir Lenin, había tomado la decisión para evitar riesgos. No consta que Trotski tuviera nada que alegar. En realidad no estaba quedando vivo ningún Romanov al alcance de los bolcheviques. Días antes de su hermano el zar, a principios de julio de 1918, corrió la misma suerte el Gran duque Miguel Alejandrovich, en el que Nicolás había abdicado. Se simuló un intento de secuestro y una huida, pero el hecho es que fue fusilado sin más a las afueras de la ciudad de Perm. Lenin recibió a los asesinos y les tranquilizó diciéndoles que habían cumplido con su deber. Por las mismas fechas que la familia imperial fueron asesinados otros seis Romanov en el poblado industrial de Alapaevsk, cercano a Ekaterimburgo, donde habían sido internados. No en vano los bolcheviques, en su primer año de dictadura, mataron (sin juicio) de dos a tres veces más que todos los condenados políticos (no todos ejecutados) por el zarismo en los cien años anteriores, que rondaron los seis mil trescientos.

Fríamente, con distanciamiento, Carrère d'Encausse reconstruye e inserta en su biografía de Lenin este lado del personaje. Facetas cuidadosamente ocultadas no ya por la apologética oficial del Estado soviético que sepultó miles de documentos que pudieran descubrirlas y corroborarlas en los archivos secretos y a los que se refiere la autora, sino también ignoradas por la historiografía progresista que simpatizaba con el héroe del "acontecimiento más importante del siglo XX", como denominaba con fe y emoción gran parte de la izquierda el golpe bolchevique de octubre de 1917.

No es que Carrère d'Encausse ignore la vertiente doctrinal de Lenin, fundamento esencial de su poder. Todo lo contrario. Se detiene ampliamente en la contradicción fragrante que enfrenta la doctrina semianarquista de El Estado y la revolución, escrito en vísperas del golpe, y la teoría y práctica leninistas del partido de revolucionarios profesionales. Reconstruye también cuidadosamente el oportunismo y la demagogia que impregnan los análisis de Lenin sobre la política agraria a seguir y, sobre todo, su política de las nacionalidades y su utilización entusiasta y destructiva del principio de autodeterminación. Todo valía para derrumbar el zarismo y el capitalismo ruso e internacional. Los métodos más implacables se justificaban en no menor medida para apuntalar a continuación el poder recién conquistado, aunque con ellos perecieran los obreros, los campesinos y las nacionalidades que el bolchevismo estaba convencido de emancipar.

Las dos biografías de Carrère d'Encausse ponen de esta forma en evidencia la profunda equivocación de aquellas metodologías históricas, predominantes hasta hace una década, que descalificaban la historia de las ideas, el papel de los "grandes hombres", de los aparatos y de las instituciones políticas y la "espuma de los acontecimientos", con el argumento de la determinación por la economía "en última instancia" y afirmando que lo importante era estudiar a la gente común y no a las elites. Pocos períodos como el siglo XX han conocido, no ya el papel decisivo de las ideas sino el de las ideologías, el de los partidos y de los Estados para imponer esquemas doctrinales a pueblos enteros, al precio de millones de vidas. El trabajo biográfico de Carrère d'Encausse permite calibrar perfectamente estas cuestiones con el ejemplo insuperable de Lenin.

Pero volvamos sobre algunas de esas facetas poco edificantes y cuidadosamente ocultas en los pliegues de la bandera roja, con la hoz y el martillo, que solían envolver al camarada por excelencia. Lenin no era de origen humilde. Aunque su bisabuelo paterno era siervo, su padre era noble por el cargo burocrático que desempeñaba, de inspector de escuelas en la provincia de Samara. Esa promoción da una idea sugestiva de la movilidad social que existía en el Imperio zarista. También era noble su abuelo materno. Pese a la pretensión oficial soviética de que Lenin encarnaba al ruso puro, por sus venas corría sangre alemana, sueca, judía y kalmuka. Por lo demás, no tuvo nunca en mucho aprecio a sus compatriotas y confiaba preferentemente en los bálticos (los letones componían sus tropas más seguras ) y los judíos. A estos últimos, por cierto, la negativa de Nicolás II a reconocerles la igualdad legal, además de fuente de emigración masiva a causa también de frecuentes pogromos, los convirtió en cantera de revolucionarios especialmente resueltos, lo que no impidió la pervivencia del antisemitismo entre los bolcheviques.

Aunque Lenin, como Marx, no se ganó nunca la vida desempeñando un trabajo regular, al ruso no le faltó nunca el dinero hasta llegar al poder e incluso lo manejó en gran cantidad para el partido bolchevique. Las cuestiones económicas le apasionaban y las llevó siempre con meticulosidad. El dinero era uno de los temas preferidos de correspondencia con su madre y hermanas, ya que la primera le pagó los gastos hasta su muerte en 1916, del mismo modo que su mujer, la siempre fiel e indispensable Nadezda Krupskaia, y su suegra cuidaron de la comodidad de su vida doméstica donde no solía faltar el mínimo servicio. Parecerá sorprendente, pero Lenin percibió parte de la renta de una finca familiar alquilada a un kulak o campesino rico. En definitiva, Lenin no pasó privaciones y pudo ir al teatro o de vacaciones siempre que lo necesitó. Tuvo también una relación amorosa con Inessa Armand desde 1910 hasta la muerte de ésta diez años después, amor que Kruspkaia acabó aceptando, haciéndose amiga de Inessa Armand. El mundo privado de Lenin careció, significativamente, de toda estridencia y radicalidad revolucionarias.

De otro lado, es bien conocido, por su interminable pugna con los mencheviques, que Lenin carecía de escrúpulos en las relaciones políticas. La nueva documentación disponible deja claro que esa agresividad y ausencia de límites se extendía a las cuestiones económicas. Fue, por ejemplo, un firme defensor de las "expropiaciones revolucionarias", o sea, del robo a mano armada de bancos y correos en las que destacó el joven Stalin. Cuidadoso siempre de evitar rastros que lo involucraran directamente, a Lenin no le importó dejarse utilizar por el Ministerio de Asuntos Exteriores del Káiser, a través de contactos indirectos con el socialpatriota alemán Parvus, de modo que fondos alemanes financiaron la propaganda y la acción subversiva de los bolcheviques con el doble objetivo de desmoronar el incipiente gobierno democrático surgido de la revolución de febrero de 1917 y sacar a Rusia de la Entente, lo que libraba a Alemania del enemigo a la espalda. A un defensor a ultranza como Lenin de la guerra civil como ingrediente esencial de la revolución y, por lo tanto, dispuesto a emprenderla en Rusia como así hizo, poco podía importarle esa instrumentalización alemana, convencido como estaba de que Berlín sería el siguiente lugar después de Petrogrado donde ondearía la bandera roja.

Lenin merece, si no el reconocimiento de la Humanidad, al menos el recuerdo de ésta por realizaciones tales como la aplicación creadora del marxismo a las condiciones específicas de Rusia, la fundación del partido bolchevique, de la Internacional Comunista y de la Unión Soviética misma. Pero conviene no perder de vista otras conquistas igualmente importantes. Desde los jacobinos, nadie como él había quebrado el principio de legalidad como forma de gobierno ni erigido el estado de excepción más radical en situación de normalidad. Implantó así una especie de racismo social por el que la adscripción ideológica a grupos definidos como contrarrevolucionarios justificaba la expropiación, la deportación o la muerte de las personas, con independencia de que hubieran o no delinquido. Sencillamente, en la Rusia bolchevique no había ley. Si los jacobinos cazaron sobre todo aristócratas -muchos de ellos de condición sorprendentemente popular-, Lenin acuñó el concepto no menos fantástico de kulak o campesino rico, un auténtico chiste en el campo ruso de 1917 y 1918. Gracias a esa joya de la praxis revolucionaria y la consiguiente persecución implacable a que los sometió, Lenin pudo convertirse en el padre de las terroríficas hambrunas políticas como la que devastó Rusia entre 1921 y 1922 y que sólo pudo paliarse con ayuda del capitalismo internacional, principalmente norteamericano. No es de extrañar su predicación continua de la toma de rehenes como forma de intimidar y sojuzgar a grupos políticos y sociales enteros, y que también le corresponda la gloria de la creación de la Cheka, a la que apoyó sin desmayo, y la creación de los primeros campos de concentración que terminarían configurando el universo concentracionario del Gulag. Su ofensiva contra el campesinado bajo el Comunismo de guerra, mucho más dura que la guerra civil contra los blancos, dejó perfectamente pergeñada la posterior colectivización de Stalin.

Lenin tenía el sistema nervioso frágil y padecía crisis de agotamiento que se convirtieron en ataques cerebrales cada vez más graves entre 1921 y 1924. En los últimos meses de vida quedó reducido a un estado infantil, si es que algo así era posible en su caso. Entre ataque y ataque, estuvo atenazado por preocupaciones muy conocidas: su sucesión y el enfrentamiento a última hora con Stalin a causa de su brutalidad y por discrepancias con él sobre la aplicación de la política de nacionalidades. Le agobiaban también los temores sobre si el desmantelamiento del catastrófico Comunismo de Guerra y su sustitución por el capitalismo vergonzante y ultracontrolado de la Nueva Política Económica terminarían amenazando o no la dictadura del proletariado y el objetivo del comunismo, es decir, el régimen de partido único que impuso a sangre y fuego con la represión del levantamiento de Kronstadt en 1921. Una represión implacable que puso fin a la muy deteriorada alianza golpista de obreros, marinos, soldados y bolcheviques que había derrocado en 1917 al gobierno provisional de los demás partidos de la izquierda. No resulta sin embargo tan conocido, y esto deshace la pretensión de que Lenin se hubiera replanteado a última hora la naturaleza del régimen que había implantado, su celo obsesivo en dos asuntos. El primero la destrucción de la Iglesia ortodoxa rusa, que con la revolución de febrero había conseguido su emancipación del Estado con el restablecimiento del patriarcado, como había solicitado sin éxito a Nicolás II. Una destrucción de personas y propiedades a la que Lenin añadió el robo de los objetos valiosos destinados al culto. Y, en segundo lugar, el exilio forzoso de una larga lista de profesores universitarios a los que el autor de ese monumento al pensamiento dialéctico que es Materialismo y Empirocriticismo consideraba indeseables.

Lenin era una de esas personas afortunadas que sólo cometen pequeños errores, mientras que parte no pequeña del género humano a su alcance incurría continuamente en crímenes tales que merecían la ejecución sin que eso le produjera el menor cargo de conciencia. No existe constancia de que se arrepintiera nunca de nada, ni en su vida privada ni en la política. Muy distinta fue la situación de Nicolás II, que preguntó a distintas personas en vísperas de su abdicación si todas las decisiones de su reinado habían estado equivocadas. Y sin duda, acontecimientos como los del Domingo sangriento de 1905, cuando la manifestación pacífica que se encaminaba con iconos y retratos suyos al Palacio de Invierno en San Petersburgo fue repelida a tiros, cuando el zar y su familia se encontraban fuera de la capital, eran para que pesaran sobre su conciencia. El contraste en lo físico tampoco podía ser mayor. El zar era un hombre guapo al que la distinción de sus rasgos le hacía parecer más alto de lo que era en realidad. Nadie discutía ni su gentileza y excelentes modales ni su valor físico. Lenin era bajito, pelirrojo, calvo prematuro, con unos ojos astutos y penetrantes que la gente recordaba para siempre. Sencillo y accesible, también era agresivo e intolerante en extremo en la relación política. No se preocupó nunca en disimular que en situaciones de peligro, él sería siempre el primero en ponerse a salvo.

Karl Popper ha puesto de relieve el peso de las consecuencias no queridas en la explicación de los procesos sociales e históricos. Ese argumento resulta especialmente pertinente para cerrar este recuerdo. Lo que nos muestra Carrère d'Encausse es que alguien con tan poca vocación política como Nicolás II, dominado por la contradicción entre las exigencias de la modernidad y la tradición autocrática e incapaz de optar entre una y otra, en parte por timidez, también por sentido del deber y porque la mujer que le hacía feliz contribuía decisivamente a bloquearlo en el impasse, reinaba a la altura de 1913 sobre una sociedad civil cada vez más articulada en un país que se industrializaba rápidamente con la ayuda decisiva del capital extranjero. La agricultura estaba en plena transformación, aunque muy lastrada todavía por un primitivismo secular. Desde los años setenta del siglo XIX, Rusia contó con la generación literaria y artística más brillante de su historia, lo único que verdaderamente ha ayudado al país a sobrevivir hasta ahora. Incluso el sistema constitucional, con todas las limitaciones que se quiera, había tomado carta de naturaleza con la existencia de la Duma y en torno a ella había germinado un embrión de sistema de partidos susceptible de organizar el pluralismo político del futuro. Las peores sombras en el horizonte eran la confusa y titubeante obstinación autocrática del zar, una política exterior en la que él tenía gran peso, inadecuada a la exigencia de paz para el desarrollo del país como entendió muy bien el conde Witte, y la debilidad y demagogia de las fuerzas democráticas.

Nadie puede negar, por el contrario, la excepcional capacidad política de Lenin ni su voluntad de hierro a la hora de perseguir los objetivos políticos que se había marcado. Pero sin perjuicio de su liderazgo excepcional sino a consecuencia de éste, la Rusia en la que él agonizaba una década después carecía de instituciones, salvo el partido comunista, la Cheka y el Ejército Rojo. Tampoco tenía sistema legal. La industria había perecido, la moneda yacía sin valor por una inflación desbocada. El hambre, resultado de la política agraria bolchevique, había llegado a tales extremos que en algunos puntos del país se había desatado el canibalismo. Rusia estaba aislada del exterior, salvo para la desestabilización revolucionaria de las democracias burguesas y la mentira ideológica y el terror se habían convertido en instrumentos imprescindibles de la dictadura del proletariado. La capacidad de decisión de los individuos, sus posibilidades de elegir su propia vida, se habían reducido drásticamente respecto a 1913, no ya en lo político, donde habían desaparecido, sino también en lo particular. ¿Por qué había tenido lugar este desenlace? La respuesta de Carrère d'Encausse a esta cuestión clave reviste un particular interés. En su opinión, el triunfo bolchevique no tuvo nada de inevitable. Para ella, tuvo decisivamente que ver con el prejuicio del ningún enemigo a la izquierda que inspiró a los demócratas constitucionales (los kadets) y, sobre todo, a los mencheviques y socialistas revolucionarios. Al igual que el zar no acababa de entender que la Duma podía ser el mejor aliado de su poder, como sí lo hicieron Witte y Stolypin, los partidos de la democracia rusa, inermes sin el apoyo de la monarquía y con una administración desorganizada en plena guerra mundial, no concebían mayor peligro que la vuelta de la autocracia o la dictadura militar. Preferían no plantearse que Lenin era algo más y algo peor que la extrema izquierda demagógica, aunque los mencheviques y demócratas constitucionales como Piotr Struve lo sabían bien. Pero designar a Lenin como el enemigo principal de la democracia naciente en Rusia hubiera significado cuestionarse el valor de la revolución y del socialismo como elementos fundadores de la libertad política y social y ese, que era uno de motivos del zar para rechazar la libertad misma, era un paso que los partidos beneficiarios de la revolución de febrero, sin poder real sobre los obreros y soldados que inmediatamente organizaron los soviets, no podían dar sin suicidarse. Fue así como los rusos descubrieron la transición de la autocracia al totalitarismo y ahí sigue todavía el mausoleo de Lenin con su momia dentro para conmemorarlo, mientras otros rusos buscaron, desenterraron y dieron solemne sepultura recientemente a los huesos penosamente hallados y comprobados de Nicolás II y de su familia.