En el largo proceso de consolidación de la arqueología como ciencia social, el interés de la investigación ha ido evolucionando desde el objeto al yacimiento. Esta paulatina progresión ha tenido fiel reflejo tanto en el ordenamiento jurídico regulador del patrimonio arqueológico como en los mecanismos usados para su gestión. Sin embargo, la arqueología reivindica hoy día no sólo el yacimiento como marco disciplinar, sino que se interesa por el territorio como soporte de las relaciones del tejido cultural de una sociedad, deviniendo así entendido en una variable compleja donde se producen y por tanto, dejan huellas las acciones humanas. Tal tipo de examen está más relacionado con la lectura histórica del territorio, y del paisaje que soporta, que con la detección y delimitación de yacimientos, técnicas habitualmente usadas para la realización de las cartas arqueológicas. Por ello, el reto principal de la tutela del patrimonio arqueológico reside en diseñar herramientas que permitan la ágil y eficaz gestión de esos bienes.
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